Desesperadas por escapar del nazismo, en los primeros meses de 1944 muchas personas llegaron hasta la casa del Dr. Eugène, en París, en busca de un pasaporte para viajar a la Argentina. No sabían que estaban cayendo en manos de un ser tan o más degenerado que los propios genocidas nazis.
El "Dr. Eugène" no era otro que el médico Marcel Petiot, un claro ejemplo de que un psicópata, asesino y delincuente puede seguir actuando libremente durante décadas si la sociedad no se compromete a aislar a personas que durante su vida muestran más de una vez conductas sociópatas.
Aunque al final de la adolescencia se le diagnosticó una enfermedad mental y durante la juventud, tras participar en la Primera Guerra Mundial, lo internaron en un psiquiátrico donde volvieron a señalar que no tenía una sino varias afecciones psicológicas, Petiot llevó una vida "respetable" y holgada económicamente, a pesar de ir dejando un rastro oscuro que indicaban que algo estaba mal.
Como veterano de la Primera Guerra Mundial le facilitaron que estudiara medicina, y aunque tuvo muchas denuncias por robos, se recibió de médico y se mudó a un pueblo donde no tardó en hacerse fama de ladrón y de ejecutar prácticas médicas ilegales, como realizar abortos y facilitar el acceso a narcoticos a algunos "pacientes".
Tenía 29 años cuando se sospechó que pudo haber matado y desaparecido a una joven con la que tuvo una relación amorosa.
Pese a su ya largo prontuario y sus rasgos psicopáticos, se postuló como alcalde del pueblo y ganó. Un año después se casó con la hija de un adinerado hacendado.
Pero como no cesó con sus comportamientos delictivos, pronto fue denunciado por malversación de fondos y debió renunciar como alcalde. Paradójicamente, poco después fue electo concejal.
Pocos años después fue denunciado por robo de energía eléctrica y perdió su puesto de concejal.
Como sus vecinos se habían dado cuenta de quién era, Petiot decidió cambiar de escenario y se fue a vivir a París.
Aunque no perdió las mañas y utilizando credenciales falsas no tardó en crearse una reputación como médico en la capital francesa. Lo que no impidió que siguieran los rumores sobre abortos ilegales y sobre su acostumbrada práctica de recetar de manera discrecional medicamentos adictivos.
Hacia el final de los años 30, volvió a ser internado, esta vez por cleptomonía, lo que indica una imposibilidad para contener su impulso de robar. Si bien le dieron el alta, siguió evadiendo impuestos.
Con el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, Petiot pareció encontrar el escenario ideal para actuar sin ningún tipo de freno social, ya que la brutalidad se volvió parte de la normalidad.
Petiot comenzó a vender falsos certificados médicos de discapacidad y también dijo haber participado de la resistencia.
En realidad su negocio más lucrativo fue una falsa ruta de escape, que le permitió no sólo robar sin descaro, también habría sido el inicio de su carrera como asesino serial.
En la cabeza de un ex combatiente de la Primera Guerra Mundial, diagnosticado varias veces con afecciones psiquiátricas, cleptómano y vendedor de certificados y recetas para comprar drogas, no parecía existir ninguna barrera moral para utilizar el asesinato como herramienta para alcanzar sus fines delictivos.
Y no la hubo. El 11 de marzo de 1944, hace exactamente 82 años, la policía encontró en el sótano de Petiot un crematorio y un foso de cal con restos de 27 personas.
Lo más siniestro de la situación fue que la Policía dejó ir a Petiot, no sin antes felicitarlo, porque el médico les dijo que eran restos de colaboradores de los nazis que habían sido asesinados por la resistencia y que él simplemente se deshacía de los cuerpos.
Petiot dijo que como miembro de la resistencia había matado a 63 nazis. Lo dejaron ir y él aprovechó la confusión para huir en bicicleta, porque, como buen mentiroso, sabía que no tardarían en descubrirlo.
La policía no tardó en notar que los cadáveres no tenían nada que ver con el patriotismo del médico, ya que además de restos de 27 cadáveres se encontraron en la casa unos 150 kilos de tejido corporal humano quemado y otros muchos cuerpos descomponiéndose en el pozo de cal.
Pero para entonces Petiot había desaparecido. Pasó a la clandestinidad, pero era obvio que una personalidad como la suya no podía pasar desapercibida. Comenzó a escribir cartas al periódico Résistance, donde contó que los nazis habían metido cadáveres en su sótano. Si bien utilizó otro nombre, la letra manuscrita lo delató y fue atrapado.
Finalmente, Petiot comenzó a ser juzgado en marzo de 1946 y fue condenado a muerte. El jurado lo declaró culpable de 24 de las 27 acusaciones y en abril de ese mismo año fue llevado a la guillotina.
Sin embargo, aún hoy hay muchos misterios en torno a este siniestro personaje. Uno de ellos es dónde fue a parar el botín acumulado durante años de asesinatos.
* Muchos datos escabrosos, fotografías y detalles obtenidos cuando escribía este artículo, serán recopilados próximamente en un fanzine digital que publicaré con otras notas sobre historia, cine, cultura y tecnología.

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