Cuentos para leer en el smartphone: El fin

Rodríguez terminó de escribir la novela y con la palabra "fin" se le fueron cinco años de vida. Ahora, con las 458 páginas dactilografiadas dificultosamente en una vieja Remington y algunas canas más, se sintió vacío.

Dejó el libro sobre el escritorio y salió a caminar por el barrio.

En la esquina vio a un individuo petiso y regordete que le resultó extrañamente familiar. Le pareció sospechoso porque no recordaba haberlo visto nunca antes. 

Pero más le sorprendió que el barrio había cambiado, que ya nada era como lo recordaba, era como... el escenario de su novela.

Las calles, las casas, todo parecía haber adquirido la apariencia borrosa del paisaje urbano de la ciudad por la que caminaban los personajes de su relato. 

Por eso cada hombre, cada mujer, cada niño que cruzaban le eran conocidos, eran ellos, los personajes de su novela. 

Y se sintió aterrado, porque cayó en la cuenta de que estaba en un pueblo de asesinos y que los que por allí caminaban eran víctimas o victimarios.

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