Resumen
Tras la trágica muerte de Pedro Piedra y Susana Felder, la desgracia vuelve a caer sobre la familia. El hijo de la pareja fallecida desaparece durante tres días y es hallado flotando en el mismo arroyo donde se ahogaron sus padres.
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El arroyo, que se llamaba Calaveras, por una matanza de indios que había hecho el Ejército antes de la Conquista del Desierto, tuvo otro nombre: Colonquelú. En araucano esa palabra significa “donde hubo otra muerte”.
Y el maldito arroyo se seguía cobrando vidas. Su hermana y su cuñado primero y luego su sobrino. Ahora entendía lo que hacía muchos años le había dicho un indio viejo que apareció en el pago.
Pasaron tantos años desde aquella charla, pero aún recordaba cada palabra.
Pedro Felder nació en Alemania en 1890 y vino a la Argentina cuando era niño. A los 20 años abandonó los negocios familiares para salir en busca de su propio destino en los campos del sudeste bonaerense.
En aquellos años los indios parecían haber desaparecido, por eso, cuando el viejo puelche llegó al puesto en el que Pedro trabajaba, una tarde de abril de 1910, los gauchos se asustaron, a pesar de que por su edad ninguno había vivido bajo el terror del malón.
El indio montaba un caballo flaco que parecía tan viejo como él. Tanto el animal como el jinete estaban untados en grasa, lo que generó la inmediata reacción de los perros y la huída de los caballos.
El viejo no llevaba más armas que un cuchillo y unas boleadoras. Se acercó al puesto a pedir agua. De los cuatro peones que estaban allí, el joven Pedro Felder fue el único que no pareció inquietarse. Tal vez los otros temían que el viejo tuviera alguna enfermedad o pensaron que ese indio huesudo y casi centenario iba a atacarlos.
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O quizá fue porque Felder nunca había visto un indio y la curiosidad pudo más que el miedo. Si bien había nacido en Alemania, Pedro se sentía tan argentino como cualquier criollo. Por eso, a pesar de lo amenazante que podía parecer aquel huesudo habitante de las pampas, sintió inmediatamente un profundo respeto por el viejo.
“¿Tenés hambre, viejo? Aún nos quedan unos pedazos de asado del mediodía”, le dijo al insólito visitante. Mientras, los otros peones, comenzaron a retroceder lentamente hacia el rancho.
“¿El agua que toman es del pozo?”, dijo el viejo, señalando el jagüel.
Cuando Pedro asintió, el indio le pidió agua.
La edad de aquel hombre era incierta. En la cara morena y arrugada, resaltaban unos ojos pequeños y brillosos. Tenía el pelo largo y blanco. El cuerpo flaco estaba cubierto con un cuero y llevaba un chiripá deshilachado.
Los dedos de los pies se podían ver a través de unas improvisadas botas de cuero de vaca.
Pedro le alcanzó un jarro con agua y entonces el viejo dijo:
“M’hijo, nunca tomes agua del arroyo, está maldito, como todo este lugar”.
Felder no entendió entonces lo que el indio le decía. Había escuchado que Colonquelú significaba “otra muerte” en algún dialecto aborigen y también que en aquel lugar se produjo una gran matanza durante la guerra del desierto.
“Esta tierra es muy vieja. Antes que la gente caminara por este país, vivían aquí espíritus malos”, dijo el indio. “Y aún están aquí. En el agua y en las piedras”.
Un escalofrío recorrió el espinazo de Felder. Ya no sentía interés en aquel viejo ni en nada que tuviera que ver con los indios.
Pero nunca pudo olvidar aquellas pocas palabras. Años después supo que aquel indio era uno de los pocos sobrevivientes de la raza de los puelches o pampas serranos, los indios que vivían en la provincia de Buenos Aires antes de las invasiones de las tribus chilenas mapuches que masacraron a los pueblos originarios y luego le hicieron la guerra a los primeros colonos y al Ejército argentino.
Aquella tierra estaba maldita y Pedro Felder recién comprendió la verdad de esa afirmación tras la muerte de su hermana y la desaparición de su sobrino.
Hasta la desaparición del niño, siete días antes, Pedro pensó que ya había sido suficiente, que los antiguos espíritus no podían seguir ensañándose con su familia.
Se había equivocado y ahora el cuerpo de Nahuelito yacía inerte, junto a las aguas del Colonquelú.
Entonces escuchó la exclamación de terror del viejo Romero: “¡Estaba muerto, estaba muerto!”.
Miró hacia la orilla del arroyo y vio que el cuerpo del pequeño se retorcía en una convulsión. Nadie se animó a acercarse.
Se escuchó entonces una tos seca y el niño se volteó, justo a tiempo para que los hombres vieran cuando un pequeño cangrejo del arroyo salía de su boca.
Al ver el insecto, el pequeño pareció despertar de un sueño y comenzó a gritar enloquecido.
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