Resumen
El 20 de agosto de 1849, desde un calabozo del Fuerte Independencia, el desertor Justo Baigorria escribe una carta relatando los hechos que lo han llevado hasta allí y que culminarán con su fusilamiento
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El nombre de aquel paraje me heló la sangre y tuve otro mal presentimiento. Pero estaba muy cansado y resignado a afrontar cualquier cosa que pudiera suceder después.
Y no tardó en ocurrir. Al coronel lo habían arropado y metido en su tienda de campaña, donde era vigilado por el “matasano” y un milico. Pero a eso de la 9 de la noche, en medio de la oscuridad, el viejo se escapó corriendo por el medio del campo a los gritos.
—¡No dejen que se acerque, no dejen que se acerque!— gritaba. Otra vez un puñado de milicos veinteañeros salieron a la carrera y lograron atrapar al viejo, que esta vez intentó resistirse.
Luego de aquel brote de locura, pareció recuperar la cordura. Le quitaron las espinas de cardos y los abrojos que le laceraron la carne en la carrera por el pajonal, lo arroparon y lo volvieron a acostar.
Antes de la medianoche el capitán vino a buscarme. Dijo que el coronel quería verme. Supe entonces que mi destino estaba echado.
Durante años había intentado olvidar lo ocurrido en Colonquelú. Sólo eso me mantuvo cuerdo tanto tiempo, pero ahora todo estaba a punto de venirse abajo. Tuve la certeza de que terminaría igual que el coronel: enloquecería.
Una luna enorme alumbraba la Pampa y todos sabíamos que no estábamos solos en aquel lugar inhóspito. Los indios o algo peor rondaba el campamento.
Cuando entré a la carpa vi al coronel acostado sobre unos cueros, cubierto con unas mantas. Una lámpara alumbraba el semblante avejentado de aquel hombre que había peleado cientos de batallas.
Ni siquiera me saludó. Me miró como mira un oficial a un milico cualquiera, a pesar de las veces que habíamos empuñado juntos la espada.
Al ver sus ojos me di cuenta de que no estaba recuperado. Tenía los ojos de un loco. En un movimiento que no pude adivinar me aferró de la manga de la chaquetilla y me arrastró hacia él. Debí resistir con todas mis fuerzas para no caerle encima.
—¿Usted la vio?— gritó, al tiempo que su rostro se volvía a convertir en una máscara horrenda.
—¡Yo no vi nada!— repliqué.
—¡Seguro que la vio! Estaba hermosa como esa vez. Jugaba junto al río— dijo el viejo y un recuerdo estalló en algún lugar de mi cerebro. El dolor me golpeó el pecho y algo subió por mi garganta.
—¡Hijo de mil putas!— respondí, tapándome la boca para no vomitar.
—Estaba hermosa y de pronto...— el coronel, con los ojos desorbitados, se tomó la cabeza con ambas manos, como si fuera a reventar.
—De pronto estaba muerta, toda podrida... Le salían…
Lloró como un chico, si es que un monstruo como él alguna vez fue niño. Se calmó de repente y volvió a sorprenderme. De un manotazo me tomó por las solapas y su rostro quedó a escasos centímetros del mío.
—¡Baigorria, hijo de puta, vos la mataste!— me gritó salpicándome con su saliva.
Como pude me desprendí de él y caí sentado en el otro extremo de la carpa. Un dolor insoportable me impidió levantarme y hablar.
Habían pasado 20 años, pero recordé la escena como si la hubiera visto minutos antes. El entonces mayor Hierro y un grupo de milicos peleándose por la pequeña indiecita, tironeándola como si fuera una muñeca. La niña con el ponchito rasgado, la cara machucada por los golpes y las piernas ensangrentadas.
Recordé la carita de la pequeña y su expresión desesperada, pidiendo clemencia. Sentí la misma furia que entonces.
—Sí, yo la maté— grité y el coronel pareció despertar de pronto de un sueño profundo. —¡La maté porque era la única forma de salvarla! ¡Era una niña! ¡Una niña de la misma edad que su hija, coronel!
El viejo pareció comprender lo que había hecho, recién allí, en medio del campo, 20 años después de aquella infernal matanza en el Colonquelú. Se tomó el pecho con una mano huesuda y su boca se abrió para gritar, pero el dolor fue demasiado intenso y algo se quebró en su interior.
Salí de la carpa y corrí sin mirar atrás. Tropecé decenas de veces y seguí corriendo. Pronto perdí la noción del tiempo. No sé si pasé la noche o más de un día caminando.
Cuando recuperé la conciencia, la luz del amanecer comenzaba a teñir el cielo de rojo y estaba otra vez en el arroyo. Estaba agotado, pero el terror que sentí al comprender que estaba junto al Colonquelú me hizo olvidar el dolor de la carne desgarrada por los cardos y las caídas.
Me acerqué al arroyo. Sabía que era inevitable. Debía volver a beber de aquella agua. Me arrodillé dispuesto a tomar hasta reventar, pero entonces, a través del agua turbia vi algo que blanqueaba bajo el barro de la orilla.
Inmediatamente supe qué era aquello. No puedo asegurar que fuera la calavera de la niña, pero al desenterrarla sentí una paz que no había tenido desde hacía años.
Pasé casi todo el día allí y, como pude, desenterré el resto de la osamenta, a pesar de que estaba cubierta por una palma de agua turbia.
Ya era entrada la tarde cuando terminé de sepultar los restos de aquella pequeña criatura bajo un sauce.
Cuando llegó la noche, por primera vez en años, no sentí miedo. A pesar del hambre y las lastimaduras, dormí como un niño bajo las estrellas, sin temer a las alimañas, los indios o los fantasmas.
Al día siguiente caminé a través del campo hacia el Norte, hacia Tandil. No volví al campamento. Después supe que el coronel había muerto. Dijeron que estaba muy enfermo…
A mí me apresaron antes de llegar al Fuerte Independencia. Me crucé con una partida y el oficial a cargo, que me conocía y desde hacía años quería vengarse de mí por una paliza que le había dado frente a toda la milicada, encontró la oportunidad para cobrarse y me acusó de desertor.
No tardé en ser condenado y ahora espero que el pelotón de fusilamiento tenga puntería y esto acabe pronto.
No sé si alguien leerá estos papeles, pero si lo hacen, háganle caso a este pobre milico, que si de algo sabe es de muerte. No se acerquen a ese arroyo, hay algo maligno en sus aguas, algo que trastorna a los hombres y los convierte en bestias. Es un espíritu oscuro y antiguo, que se alimenta del dolor y la muerte...

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