A la mayoría de los miles de millones de usuarios de Internet no le importan conceptos como Web 2.0 o 3.0. Como tampoco entienden de Blockchain o la diferencia entre deep web o dark web.
A la gente solo le importa el servicio, lo que puede hacer con Internet, los problemas que puede solucionar y el tiempo que ahorra.
Y es comprensible que sea así, porque incluso las plataformas, apps y dapps están construidas para ser transparentes, para dar soluciones a los usuarios, no para que se pongan a pensar en cómo funcionan.
Sin embargo, detrás de todo esto hay un problema más grande y que paradójicamente no es algo que se esté debatiendo en Internet, sino fuera de ella y en ámbitos que parece que no tuvieran ninguna relación: la política y la economía.
En un mundo turbulento, prácticamente en pie de guerra, todo parece girar en torno al equilibrio de poder, a la caída de imperios y el surgimiento de otros, en otras palabras, a un nuevo orden mundial.
Y obviamente, ese nuevo orden tiene su lado económico. Pero a no equivocarse, no es el nuevo orden mundial lo que empuja a la economía, es al revés.
En la economía es donde se encuentra el frente de batalla. La lucha pasa principalmente por el dinero en la era digital, por la descentralización, la tokenización, los billetes, las criptomonedas, la inflación, la escasez programada, etc.
Pero, aunque no se diga, lo más importante son los clientes y en ese sentido la Web 2.0 ha sido la máquina perfecta para crear una monstruosa lista de posibles compradores (usuarios).
En la Web 2.0 la moneda más valiosa son los cinco segundos de atención de los usuarios (potenciales clientes) y para obtener ese tiempo el sistema se nutre del propio contenido que crean los mismos incautos miembros de las plataformas.
El problema está en que si bien el contenido genera dinero, no es precisamente para quienes lo crean. Es tan pequeño el porcentaje de usuarios que vive de la generación de contenido (menos del 0,1%), que podría decirse que nadie recibe nada. Aunque no es así e incluso las plataformas se jactan de distribuir la mayor parte de sus ingresos entre los creadores de contenidos, la verdad es que hay otro truco.
Para comprenderlo hay que preguntarse: ¿dónde está alojado el contenido que generan los usuarios y que se convierte en el principal motor de la economía de la atención?
La respuesta es simple: no está en manos de sus creadores, está alojado en las computadoras de estas gigantescas empresas.
Cuando las personas entiendan que el nuevo orden es económico y que la principal moneda de cambio es la atención de los usuarios, se darán cuenta de que al no comprender qué es la blockchain, cómo funcionan las criptomonedas o en qué se diferencia la web 3.0 de la 2.0, no sólo se están quedando afuera, sino que ahora su único valor en la red es el de potenciales clientes.
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Este artículo fue publicado originalmente 👉en mi cuenta HIVE

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