Se empujaron, se apretujaron un poco, mezclando sudores, y amenazaron con golpearse, con sus manos pequeñas y sucias. Pero no se animaron, aunque los pibes del barrio los incitaban para que se partieran los labios a trompadas y se hincharan los ojos.
Pero no era para tanto. Pedro tenía nueve años y Oscar ocho, aunque el más pequeño era más alto...

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Agua de muerto
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