Alarmado, el Gordo Sagaste notó que todos los pantalones (o mejor dicho los únicos tres que tenía), le quedaban grandes, y que debía utilizar el segundo ojal del cinto para no quedar expuesto a las miradas ajenas.
Preocupado, se miró al espejo, inquisitivo, tratando de ver si algo en su rostro denotaba alguna enfermedad incurable, único motivo por el cual él podía estar adelgazando, ya que no había dejado de comer demasiado.
Cuando entró a la cocina, vio la causa de su repentina delgadez parada junto a la heladera...

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Agua de muerto
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