Cuando Bernardo leyó "El Aleph", de Borges, se preguntó si en Necochea no existiría uno de esas maravillosas distorsiones en las que confluyen el tiempo y el espacio, y en las que se pueden ver a la vez todos los lugares del mundo, a todos los hombres y sucesos, tanto del pasado como del presente y el futuro.

Obsesionado por el cuento, Bernardo comenzó a devorar bibliotecas en busca de pruebas científicas que revelaran la posible existencia de estas distorsiones espacio-temporales.

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