Los tipos se sientan a mirar desde el otro lado de la calle. Doña Gertrudis sabe que son peligrosos. Son muy jóvenes y tienen un brillo en los ojos que ella conoce bien: harían cualquier cosa por demostrar su hombría ante los otros.
Cada día se sientan allí y la vigilan. Ella sabe que en algún momento cruzarán la estrecha franja de asfalto, saltarán la verja, tirarán la puerta abajo y se meterán en la casa...

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