La construcción de la pregunta le salió un tanto impostada al gordo Sagaste, charlatán de sintaxis llana y poco académica.
Su amigo, el insufrible flaco Salerno, lo miró con cara de circunstancia, es decir, con la indiferencia de siempre.
"¿De qué estás hablando, gordo?", le espetó el flaco.
"Estoy hablando la abstrusa circunstancia que nos ha llevado a esta incómoda situación", respondió el gordo.
"¿Abstrusa? Pero, ¿qué te pasa?", quiso saber Salerno, con inusual violencia.
"Nunca me había pasado esto", dijo el gordo y bajó la cabeza, como para ocultar algún brillo de su mirada.
"Lo que jamás imaginé fue verte conmovido en una circunstancia como esta", reflexionó Salerno, mientras se rascaba la cabeza.
El gordo se puso de pie y enfiló hacia la puerta. Los hombros caídos y la cabeza gacha eran fieles reflejos de su derrota.
El flaco lo siguió y ante la pena de su amigo salió de su habitual mutismo para animarlo.
"Pero, gordo, no te pongas así. Sí solamente perdiste diez pesos", le dijo.
"Te juro que nunca más vuelvo a entrar en un bingo", afirmó Sagaste.
Caminaron media cuadra. Entonces al gordo se le iluminaron los ojos y metió la mano en el bolsillo.
"Me quedaron cinco pesos. Ahí hay una agencia de quiniela. ¿Por qué no entramos y le jugamos al 56, la caída?", preguntó. Aunque en su voz la pregunta sonó como una afirmación.


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