Doña María pensó en matarse. Sería tan fácil. Sólo debía cargar el arma y dispararse, igual que hizo su marido 20 años antes. Incluso más fácil, porque ella ya no tenía motivos para vivir. No tenía hijos, ni hermanos, ni sobrinos.

¿Qué le quedaba? Pudor. Por eso nunca se mataría. Siempre había sido una muy pudorosa. Sabía que si se mataba le harían una autopsia. Como hija de un policía y mujer de otro, conocía los procedimientos.
La idea de que examinaran su cuerpo, aún después de muerta, la avergonzaba. Además, todavía conservaba algunas ideas que le habían machacado en el colegio de monjas: “el único pecado imperdonable es el suicidio”.





Doña María cargó el revólver con la destreza de alguien que manipula armas habitualmente.
Con un preciso movimiento de muñeca hizo encajar el tambor en su sitio y con un gesto apenas perceptible de la otra mano, giró el cilindro como un cowboy en esas películas de vaqueros de los años 70.
Luego, caminó con dificultad hacia la cocina. El arma en una mano y el bastón en la otra.
Buscó una bolsa de mandados y miró el reloj ubicado sobre la puerta del patio.
Eran las 10 de la mañana, la hora en que abrían los bancos.
“Tendré que usar todo el dinero que tengo en la cuenta para poder pagar… ¿Qué voy a hacer, Dios mío?”, se lamentó.
Toda la plata que le quedaba en la caja de ahorro que le había dejado su marido al morir, apenas le alcanzaría para pagar las dos facturas.
La puerta chirrió cuando la vieja salió arrastrando los pies.
Tendría que caminar cinco cuadras.
Al llegar a la vereda miró en todas direcciones y recordó un tanto espantada que aún llevaba el arma en la mano.
La guardó en la cartera que llevaba en la bolsa y comenzó a avanzar dificultosamente hacia el centro de la ciudad.
Era un día soleado y fresco, hermoso, pero Doña María no lo notó.

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